«Hay que ponerse en el lugar del zar en el Kremlin, Vladímir Putin, y destilar qué es lo que le disuade a él»

Artículo de Andrew Smith publicado en The Objective el 22 de septiembre de 2026.
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Desde aquel día 29 de agosto de 1949, cuando la antigua URSS de Stalin detonó su primer ingenio/bomba nuclear, su RDS-1 o «Joe-1», como la bautizaron los americanos en honor al dictador soviético Joseph Stalin, en las estepas de Semipalatinsk (Kazajistán), la centralidad del espectro nuclear en la cultura estratégica de Rusia ha sido la base de su estatus como gran potencia global —ya sea en su variante soviética o como Federación Rusa—. La bomba consolidaba y justificaba, para los rusos y supuestamente para la sociedad internacional, su autoproclamado derecho a tener su propia esfera de influencia, además de voz y veto sobre cualquier tema decisivo de la agenda internacional. El otro gran pilar que dio y todavía da cierta legitimidad al régimen de Moscú es su victoria sobre los nazis en su «Gran Guerra Patriótica» de 1941 a 1945.

Tras la desaparición de la URSS y del imperio ruso exterior junto a su ideología revolucionaria bolchevique en 1991, esta centralidad y dependencia ha aumentado y actualmente es el principal pilar que sostiene al régimen de Vladimir Putin en el poder, con la venta de hidrocarburos, materias primas y armamento. Ya en la Guerra Fría se ironizaba con la frase del senador de EEUU Jackson en 1974 de que «la URSS es como Burkina Faso con cohetes», que se ha transformado en el actual aforismo del analista del IISS Kinahan: «Rusia es una gasolinera con misiles intercontinentales».

Hoy en día, toda la comunidad internacional entiende y tiene en consideración que son las armas nucleares rusas y su intención de utilizarlas lo que hace que Moscú sea una potencia regional con impacto global crítico; es decir, que con China y EEUU es el más pequeño de los «tres grandes», y que, sin sus armas nucleares, sería, como antes de 1945, una potencia media tradicional, como Alemania, Italia, Japón o Australia, que, siendo por supuesto relevantes, tienen un impacto global marginal, principalmente en su vecindario inmediato, que los rusos mismos denominan su «extranjero cercano».

¿Qué puede disuadir a Rusia?

O, mejor dicho, ¿qué puede disuadir a Vladímir Putin? Esta simple pregunta de cuatro palabras es muy complicada y compleja de contestar.

En un régimen tan personalista y vertical como el ruso, hay que entender las bases identitarias e históricas, los fundamentos filosóficos, los parámetros geopolíticos, la naturaleza de la legitimidad del poder del pueblo y del Estado ruso, así como las circunstancias y cálculos personales que motivan, mueven y condicionan al que toma las decisiones en Moscú. Es decir, hay que ponerse en el lugar del zar en el Kremlin, Vladímir Putin, y destilar qué es lo que le disuade a él y a los que lo sostienen.

Para ello, uno tiene que aceptar ciertas suposiciones sobre los objetivos estratégicos y las opciones al alcance del presidente de la Federación Rusa. Esto va más allá de los objetivos principales de todo autócrata paranoico; es decir:

  1. Su deseo de eternizarse y consolidar su poder autocrático y vertical como «el zar de todas las Rusias» a través de decapitar y neutralizar tentativas bonapartistas y golpes palaciegos tan recurrentes en la milenaria historia rusa.
  2. Su obsesión por atajar cualquier disidencia interna o movimiento popular que amenace su férreo control del sistema siloviki que lo mantiene en el poder mediante la represión y coacción de la sociedad rusa.

La respuesta sencilla a qué puede disuadir a Putin y su régimen es evidente: cualquier acción o actividad que ponga en peligro la supervivencia del régimen y, sobre todo, la de su líder, Vladímir Putin. Recordemos que en sus mil años de historia en Rusia solo ha habido cuatro sucesiones en la cúpula del Estado en las cuales el líder depuesto haya sobrevivido: Kerensky, 1917; Khrushchev, 1964; Gorbachov, 1991, y Yeltsin, 1999. La tradición y tendencia de los líderes en Rusia es permanecer en el cargo por motivos obvios de salud.

Obviada esta vía, para responder a la pregunta y extraer las conclusiones pertinentes y útiles hay que adentrarse en la cultura estratégica rusa y entenderla, y, sobre todo, el rol y función crucial de las armas nucleares dentro de la misma.

Cultura estratégica rusa

La historia ejerce un papel central en la formación de la cultura estratégica rusa. Hay que subrayar la importancia de la narrativa épica e interpretación victimista que las élites rusas han hecho de su historia durante el último milenio y destilar las supuestas lecciones aprendidas que, a sus ojos, cimientan y justifican su visión estratégica como colectivo identitario y su misión y lugar en el mundo.

De hecho, Putin, como la mayoría de los autócratas rusos, se considera un historiador diletante y comparte esta pasión de la nomenklatura rusa/soviética por buscar coincidencias y paralelos entre momentos históricos y circunstancias actuales para construir narrativas que justifiquen sus reivindicaciones estratégicas y legitimen comportamientos singulares. Por ejemplo, la obsesión y ansiedad rusa por su territorio y su incapacidad de defender sus fronteras se puede relacionar con sus experiencias traumáticas a lo largo de su historia, desde las invasiones de la «horda dorada» desde Mongolia en el siglo XIII, pasando por la invasión napoleónica, hasta la invasión de la Alemania nazi en 1941 y, aunque a distinta escala, la más reciente aún en el inventario ruso, la invasión ucraniana del distrito de Kursk en 2024, consecuencia imprevisible de la invasión rusa de Ucrania desde 2014. Todos estos hechos han inculcado una preocupación por la seguridad del Estado y la vulnerabilidad de sus fronteras que, justificada o no, es el pilar de su cultura y pensamiento estratégico, es decir, una inseguridad endémica que a veces llega a rozar la paranoia.

En este contexto, Rusia en general y Putin en particular, como antiguo chekista del KGB en la Alemania Oriental, perciben a Occidente como la principal amenaza y posible invasor extranjero no solo de la Federación Rusa, sino de lo que él entiende como el «mundo ruso» o su autoproclamada «esfera de influencia». Esta percepción está fundamentada en la extrema dificultad rusa de defender su frontera occidental, además de su ancestral complejo y sensación de inferioridad frente a Occidente. Una inferioridad no solo en el campo militar, también tecnológica y, sobre todo, como modelo de sociedad próspero. Esta es la razón por la que, durante la mayor parte del milenio largo de su historia, Rusia haya sido una sociedad cerrada al exterior por sus mandatarios por temor al contagio de ideas subversivas y a la comparación desfavorable en la gobernanza y calidad de vida con las sociedades occidentales.

Consecuentemente, Rusia cree que siempre debe estar preparada para repeler un ataque y poner todos los recursos a su alcance para mantener su posición. En el centro de esta ansiedad está el temor inherente de que Occidente está permanentemente amenazando la supervivencia de Rusia y, lo más importante para Putin, de su régimen actual, mediante una estrategia de usurpar, penetrar e invadir su esfera de influencia. Esta creencia, justificada o no, contribuye a fomentar una mentalidad de asedio o de fortaleza sitiada que bordea la paranoia persecutoria en las élites del régimen y del propio Putin.

Esta ansiedad se refleja en la obsesión de Moscú por mantener su estatus de gran potencia —apoyado fundamentalmente en sus armas nucleares— y su constante percepción de amenaza occidental. Así pues, cualquier acción contraria a Rusia y a su líder, o que meramente cuestione sus intenciones, es vista como una injerencia y agresión inaceptable para Moscú. En el marco mental de la nomenklatura rusa, es considerado inaceptable que Ucrania, Bielorrusia o cualquier otro territorio o Estado que haya pertenecido al imperio zarista o a la URSS opte por un modelo de sociedad occidental. Si esto se produce, Moscú lo interpreta como un fracaso en toda regla como potencia hegemónica regional y líder de la «Civilización Rusa».

La sensación de vulnerabilidad y mentalidad de asedio en la élite rusa se atribuye principalmente a la OTAN y a la ampliación de la Alianza hacia el este, en particular hacia territorios de la antigua URSS en el mar Báltico y Europa Oriental. Rusia ve esta expansión como una amenaza directa a su seguridad y, en su argumentario, la «contención de la OTAN» justifica su estrategia y retórica nuclear. Su histórico y recurrente escenario pesadilla es un ataque sorpresa tipo napoleónico o alemán nazi que consiga penetrar e invadir el territorio ruso, amenace la supervivencia del régimen y conlleve el coste acostumbrado en tesoro y ataúdes para rechazarlo. Así pues, la doctrina militar rusa pone énfasis en la defensa avanzada, la amenaza permanente, el riesgo de subversión y la prioridad de evitar que el teatro de operaciones sea en territorio ruso. De esta manera, el arma nuclear es la herramienta crucial en el arsenal ruso para compensar cualquier debilidad convencional, atajar vulnerabilidades, recuperar la iniciativa en la escalada cinética y así equilibrar la «correlación de fuerzas» entre la OTAN y la Federación Rusa en un enfrentamiento frontal o híbrido.

Giro histórico en la doctrina nuclear rusa

Desde el punto de vista del Kremlin, el concepto de «disuasión» difiere sustancialmente del concepto occidental del mismo. Esta discrepancia causó interminables discusiones en los foros y negociaciones de control de armamentos y desarme nuclear durante medio siglo, así que, para poder avanzar en las negociaciones, rusos y americanos pactaron, en «un acuerdo entre caballeros», registrar el desacuerdo en los apartados de definiciones de los distintos tratados, y todavía está lejos de resolverse.

La etimología de la palabra inglesa deterrence sugiere una imposición de castigo o amenaza, mientras que la palabra rusa sderzhivanie indica la intención de prevención de que ocurra algo. Aun cuando se utiliza el más cercano sinónimo ruso, ustrashenie, al término inglés, este implica cierto grado de intimidación para modificar una acción hostil o desagradable. Ese énfasis en el término occidental es visto por Moscú como «agresivo», mientras que el suyo propio es proactivo y «defensivo». Moralmente más cómodo y con valor propagandístico.

Una interpretación contrapuesta que no es anecdótica, pues, en los ámbitos convencionales y de doctrina nuclear, los expertos rusos rechazan la tipología occidental de disuasión punitiva frente a la disuasión por negación; es decir, mientras el énfasis occidental se centra en el «uso de la fuerza», el foco ruso está centrado en la «amenaza del uso de la fuerza». La lógica rusa es que, ante la dimensión y contundencia del arma nuclear y sus consecuencias, la amenaza por sí sola actúa como disuasión y, una vez «se cruza la línea roja» de su uso, no hay distinciones entre «guerra limitada» y «guerra total» o «guerra convencional» y «guerra no convencional», pues todo es, a partir de entonces, simplemente «guerra».

Este entendimiento dispar del concepto de disuasión tiene sus raíces en la Guerra Fría, cuando la superioridad numérica de las fuerzas convencionales soviéticas y su relativa debilidad en la dimensión nuclear en el posible teatro de operaciones, es decir, Europa, permitían a los estrategas soviéticos no desarrollar doctrinas detalladas de guerra nuclear limitada o teorías de preponderancia en la escalada nuclear táctica a la estratégica, pues se apoyaban en la doctrina de «represalia masiva convencional», con la invasión convencional del Ejército soviético que llegaría al canal de la Mancha en cuestión de días más que semanas. Lógicamente, los planificadores soviéticos rechazaron la posibilidad de contener ningún tipo de confrontación nuclear limitada, pues no diferenciaban los dos tipos de guerra.

Por su parte, la estrategia occidental era de «represalia masiva nuclear», luego transformada en la estrategia nuclear de «respuesta flexible», que frenaría el avance de ese Ejército asegurando el «equilibrio de terror» que sostuvo la disuasión mediante la doctrina Mutual Assured Destruction (MAD), o aniquilación mutua asegurada, y, consecuentemente, la paz entre bloques durante la Guerra Fría.

Tras la implosión de la URSS, las actitudes de la nueva Federación Rusa hacia el concepto de disuasión evolucionaron sustancialmente para adaptar su estrategia y doctrina a la nueva «correlación de fuerzas» entre Occidente y Rusia. La nueva realidad de inferioridad militar cualitativa, tecnológica y operativa de las Fuerzas Armadas rusas frente a Occidente y la OTAN empujó a los líderes de Moscú a buscar una solución inmediata a cómo atajar las posibles amenazas de guerra. Tras las repetidas demostraciones de debilidad de las fuerzas convencionales en el Cáucaso y demás «extranjero cercano» durante la década de los noventa, los expertos rusos comenzaron a desarrollar una postura de disuasión nuclear regional desde el marco táctico al estratégico y, de hecho, a emular las doctrinas de guerra nuclear limitada occidentales de la Guerra Fría. En realidad, las estrategias y doctrinas nucleares se intercambiaban. Durante la Guerra Fría, Occidente se apoyaba en las armas nucleares para compensar su debilidad convencional; ahora es Rusia la que se apoya en las mismas armas nucleares para compensar su propia debilidad convencional.

Este viaje intelectual de los expertos y estrategas rusos culminó con la llegada y consolidación del régimen de Putin y su confrontación con Occidente desde su famoso discurso de Múnich en 2007. La conclusión a la que llegaron en Moscú es que, en cualquier confrontación regional, sea cinética o híbrida, los potenciales adversarios, ya sean la OTAN, países del «extranjero cercano» o neutrales no alineados, no tolerarían ni siquiera el riesgo de la detonación de una sola bomba nuclear, sea táctica o estratégica. Su razonamiento es que, ante la amenaza de una guerra nuclear limitada, Moscú podría disuadir, detener y finalizar un conflicto convencional sin llegar a un intercambio nuclear que incluya armas estratégicas y el consecuente suicidio mutuo.

El viaje se adaptó al manual operativo ruso. Con motivo del 80 aniversario de la victoria frente a los nazis en mayo de 2025, la Federación Rusa revisó su Estrategia de Seguridad Nacional de 2021, un año antes de su ataque a Ucrania, a la nueva «correlación de fuerzas» en 2025 tras la «operación especial de Ucrania». Por ahora, según la evaluación de sus expertos, la amenaza y el espectro del uso nuclear en cualquier escenario que afecte a la «integridad y supervivencia del Estado y el régimen ruso» ha pasado de ser el arma de último recurso a ser la vanguardia de su estrategia coercitiva y de disuasión en el arsenal del Kremlin. Una herramienta que no solo permite al régimen de Putin consolidarse y sobrevivir, sino que además le permite llevar la iniciativa en su confrontación con «Occidente», es decir, la OTAN, pues la «Operación Especial en Ucrania» se ha convertido en un teatro más de operaciones en esta nueva fase de la actual guerra híbrida entre Rusia y la OTAN.

Seis escenarios potenciales

Ante esta tozuda realidad, la OTAN y Occidente se enfrentan a quizás su mayor reto en sus casi ocho décadas de existencia. Un enemigo que abiertamente ha declarado un estado de confrontación o guerra híbrida en la cual tiene la iniciativa y obliga a Occidente a reaccionar y disuadir cualquier ofensiva en un gran abanico de escenarios. Esta contención de posibles ofensivas tiene que considerar la amenaza permanente de una escalada nuclear inaceptable e inasumible para la OTAN si se mide mal la respuesta. Occidente está en una posición de rehén psicológico de Rusia y en un estado de permanente desgaste en su cohesión, ya de por sí frágil por desavenencias a ambos lados del Atlántico desde hace ya una década. Evitar que esto se produzca es la mejor manera de disuadir a Putin.

Así pues, la OTAN se enfrenta a por lo menos seis posibles escenarios que ponen en práctica la amenaza del Kremlin; prevenirlos, atajarlos y convencer al Kremlin de que son imposibles de implementar y desarrollar con éxito es la mejor manera de Occidente de disuadir a esta Rusia y su actual régimen.

  • Escalar para desescalar

En un conflicto convencional en el que Rusia se ve sobrepasada por fuerzas de la OTAN o de aliados suyos, Rusia emplea un arma nuclear táctica para demostrar su intención de escalar, forzando al adversario a negociar o retirarse.

  • Uso defensivo en un conflicto regional

Al enfrentarse a una contundente amenaza militar en un conflicto regional, por ejemplo, en Europa Oriental, Rusia podría utilizar un arma nuclear táctica para frenar el avance enemigo y proteger su territorio nacional —defensa avanzada—.

  • Disuasión/demostración frente a la expansión de la OTAN

En respuesta a la expansión de la OTAN, la incorporación de Ucrania o lo que quede de ella, o a maniobras militares cerca de sus fronteras, Kaliningrado o el golfo de Botnia, Rusia podría detonar una bomba táctica en una demostración para evitar la acción pertinente.

  • Diplomacia coercitiva

Durante una crisis geopolítica o situación interna insostenible, Rusia amenaza con una prueba nuclear táctica para coercer y forzar concesiones políticas del adversario o exigir el levantamiento de sanciones.

  • Respuesta a un ciberataque o un ataque espacial

Si Rusia percibe o entiende que está siendo debilitada por un ataque ciber o aeroespacial, puede considerar utilizar un arma nuclear táctica para defender sus intereses vitales y existenciales.

  • Ataque preventivo en la escalada de una crisis

En una crisis de evolución acelerada en la cual Rusia estima un ataque a gran escala, Rusia podría contemplar el uso de un arma nuclear táctica para prevenir la neutralización de activos militares esenciales.

 


 

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